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Mi tÃo Eneldo siempre me defendÃa.
Dejaba que entrase en el espejo
y en la verde lámpara dejaba
que volase a través de mis lienzos
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dejaba que viviese feliz
imaginando cabras
dejaba que tocase el piano
todas las mañanas.
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Pero ahora mi tÃo ya no me consiente nada,
la esperanza se fue la otra noche cuando,
al volver a casa, ebria, en el suelo caÃ
y el carmÃn de mis labios
se esparció por la alfombra india de mis padres,
la cara.
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Me levanté como pude,
él estaba ahÃ, como siempre
y me ayudó.
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Prometà apreciar siempre
lo que muchos otros no quisieron darme.
Prometà ser aquello que fuese
más allá de la preocupación.
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Prometà ser una bocanada de aire fresco.
Prometà apreciarme a mi misma.
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